Si fuera mi último día.

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Como si no hubiese tiempo, como si todo lo irreal del mundo dejara este cuerpo para siempre, como si faltaran horas para evadir los trances, para dejar de ser y de intentar.

De nada valdrían los recuerdos absurdos, pesarían en toneladas las lágrimas en los bolsillos, las tempestades. 

Se espantarían los relojes y el sufrir, los pensamientos más profundos dejarían de ahogarme y todo se volvería simple. Se esclarecerían los momentos y se crearían recuerdos hechos recortes, recortes incompletos que crearían un bonito paisaje. Surgiría todo del cáos de pensar que tengo toda una vida por delante.

Celebraría cada mirada, cada locura y se esfumaría todo lo demás, todo lo que cada día ha consumido mis horas más tristes.

 

El gran pez

 

-¿Si fueras a morir pronto, cambiarías algo de tu día a día?

  • Todo, sin dejar nada .

¿Por qué no tentar a la suerte en vez de tentar a la muerte?

¿Depende de mí ser infeliz o depende de la vida?

Si hoy fuera mi último día aflorarían los instintos, las verdades, la libertad absoluta y la nostalgia de los sueños sin cumplir.

Si vivo cien años me echaré a dormir, si vivo dos correré más que el viento.

Pero no sabemos cuando llega. Nos agobia pensar que el mañana no exista pero irónicamente no hacemos nada por cambiarlo.

La vida no es un bonito cumpleaños, es una cuenta atrás. No estamos viviendo, estamos muriendo y se nos está escapando el viaje. 

Siempre es tarde y no porque el pesimismo sea el motor de mi vida, si no porque no sé ni siquiera si el presente existe. El presente es ese segundo que acaba de pasar. Es ese suspiro que acaba de desaparecer, ese tanto pensar para nada, ese minuto convertido envuelto en vacío. Pensamos que vivimos en un bucle inmortal creyendo que saldremos vivos de ésta, que tendremos tiempo, que mañana no tiene por qué ser tarde.

Quizás vivir sin más, pensando que el tiempo se acaba y sin contar cada segundo que pasa. Quizás que desaparezca  el “quizás” y no perdamos más tiempo en pensar siquiera si mañana puede ser tu último día, porque el día que menos quieras, el día que quieras cambiarlo todo, QUIZÁS, ya no queden segundos, ni letras o advertencias. QUIZÁS ya no quede un QUIZÁS y ese presente  que no existe, el pasado y el futuro ya no sean nada más y todo lo que antes te importaba…

simplemente dejará de importar. 

 

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¿Bailas conmigo o contra mí? La excusa del rencor.

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Alguien me dijo una vez que el pasado no es más que una historia bastante acomodada a nuestro presente, que nos contamos a nosotros mismos en algún momento de nuestra existencia. 

El rencor, hacia los demás, hacia el mundo o a nosotros mismos.

El rencor nos encuentra, nos escoge y lo escogemos por nuestra debilidad y nuestro dolor. Nos fortalece y nos transforma. Nos muestra como somos y a la vez nos distorsiona. Nuestro peor lado, nuestra verdadera cara.

Nos representa y borra identidades.

A veces es más fuerte que nosotros, nos enseña como queremos ser, como deberíamos ser, pero nos domina por completo. Nos da confianza, afila las garras y calma conciencias.

El rencor recompone y a la vez nos arranca de la vida, nos convierte en seres cambiantes e incontrolables.

Hay que dejarlo entrar, dejar que nos atraviese y etiquetarlo como el mas vil y arraigado de nuestros recuerdos. 

Aceptemos el sufrimiento, los encantos indecisos, los incendios, lo insostenible.  Agradezcamos cada uno de nuestros temores, las pesadillas y los secretos más oscuros. Los pasos, el camino, los movimientos en falso, las jugadas, cada una de las noches y los días imposibles, cada tormento y desconsuelo, cada uno sin deshacer ninguno, porque todo y absolutamente todo te ha llevado aquí. 

 

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Amar cada una de nuestras terribles cicatrices y dejar que todo lo demás se vaya puede salvarnos del mundo y salvar al mundo de nosotros mismos.

Para bien o para mal dejamos que algo que ha dejado de existir nos influya el resto de nuestra vida y permitimos que se convierta en la más estúpida de nuestras excusas.

No te obligues a sufrir, no conviertas tu alegría en un recuerdo, no pierdas la mirada. Continúa desaprendiendo, no dejes a un lado la confianza en los demás porque si no, eso a lo que llamas “tu mundo” se irá desvaneciendo sin que apenas puedas percibirlo.

El tiempo es caos que acaba convirtiéndose en orden, la confusión en patrones, la tragedia en calma.

 

Las personas y las palabras se irán, son inseguras, están incompletas. 

 

Ni las personas ni las palabras dictan una vida, pero el rencor…

 

… El rencor puede borrarte para siempre de ella. 

Momentos en modo ULTIMÁTUM. Reinicia.

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Puede que a lo largo de tu vida hagas cosas que no están bien, que pelees contra tu propia incoherencia una y otra vez. Puede que hagas daño, que te lo hagan a ti, caer en lo más bajo y luchar contra la moralidad hasta el resto de tus días.

Engañarás, te vengarás, hundirás…

Puede que no te guste todo lo que hagas, que te odies a ti mismo, que te humilles y te infundas, sin querer, el miedo más terrible y las peores pesadillas.

Éste al que llamas “tu mundo” no tiene por qué ser una tortura, aléjate de esos prejuicios que ni tú mismo valoras. No mastiques el sufrimiento, es de cristal. No te culpes, no boicotees tu mente cuando intenta salvarse de ti, no te destruyas nunca más. 

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Porque sí, mañana será otro día. Nada va a detenerse mientras estás ahí y crees que las cosas no pueden empeorar. ¿Existe algo peor que perder el tiempo? Creemos que pagamos todos y cada uno de nuestros errores con culpa y sufrimiento y no es así, el mayor de nuestros pagos es a base de tiempo perdido. Un tiempo que nunca vas a recuperar.

Vuelve. Una vez más, vuelve a intentarlo. Porque es el único instinto animal que no deberíamos perder nunca. Un animal no se pregunta jamás si tiene que seguir caminando cuando está herido, no se pregunta cómo vivir o si quiere hacerlo o no. Lo hace sin más. Una flor no se plantea si crecer o no. Hazlo, continúa, forma parte de lo que somos.

Vuelve, porque solo así puedes dejar todo atrás. Reconstruye y crea una mejor versión, que no hubiera sido posible sin todo ese aprendizaje al que ahora llamas dolor.

Crea un ser incontenible, implacable, inquebrantable, eterno y para siempre INTOCABLE. 

Los “te quiero” que no nos dicen nos salvan la vida.

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No retengas a nadie. Prevalece.

Porque tú y yo ya nos hemos odiado antes. Nos hemos olvidado una vez, dos y tres. 

Pues ya eres libre, mis pupilas ya no pueden retenerte, no ocupas lugar, no eres, no estás. Tú que obviaste mis pensamientos y mis noches, yo, que he aprendido a soñar sin ti.

Justo ahora que lo has olvidado todo, hasta lo que un día me robaste. 

Te inventé entre suspiros. te inventé mio. ¿Por qué no inventarte ahora? ¿Por qué no matarte en este olvido?

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Los que soñamos a personas estamos condenados a librar una guerra eterna contra la libertad, de nosotros mismos y de los cuerpos, porque las mentes nunca seremos capaz de retenerlas. No agarres a nadie tan fuerte, te arrancará la piel a tiras, porque nadie es cuestión de nadie y todo el mundo es cuestionable. Todos nos equivocamos, sufrimos o nos sentimos solos alguna vez. Nos diferencia el cómo y el cuánto. Cómo superamos, cómo enmendamos y determinamos; y cuánto dura nuestra agonía. No te canses, no desistas, no alargues lo que no sirve.

Dicen que la vida son dos días y si es así, uno lo pasamos pensando y el otro dormidos. 

Simplemente tiene que importar lo importante.

A veces hay que darle las gracias a esas personas que no quieren querernos, acaban librándonos de ellas mismas. A veces, los “te quiero” que no nos dicen nos salvan la vida.

La línea que siguen los corazones.

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Existen mil historias sobre el amor, sobre todos los corazones que se han encontrado y los que nunca lo harán. Corazones imposibles. inquebrantables, incoherentes, resentidos.

Yo pienso que cuando un corazón se parte tiene que seguir un proceso muy lento y delicado para poder volver, pero al final, sus pedazos se restablecen… hasta la próxima vez.

Puede resquebrajarse muy despacito. Duele, y suena cruel advertir que es bastante soportable. También puede abrirse de golpe; es cuando te tiemblan los huesos y sientes que nunca volverás a ser el mismo.

Pero nunca se rompe del todo, sus partes no llegan a separarse totalmente. El corazón tiene un instinto de supervivencia que nosotros mismos hemos olvidado. Justo en ese momento, es ese último instante… SE CONGELA.

Pasan los días y lo mantenemos en frío, impasible e insensible. No duele, no hiere.,

El tiempo en cuanto a corazones se refiere es relativo, como todo. Pero más tarde que temprano llega el DESHIELO. 

Cuando aparece, la herida se reblandece y todo se convierte en agua. Se libera y empieza a doler. Ya no sangra. Es el momento de reparar.

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Se puede coser o pegar, a gusto del consumidor. Si lo coses será más efectivo, pero cuidado, tendrás que aceptar cada pinchazo, encajar cada costura, recomponer sus pedazos, todo tiene que coincidir, que encajar en su lugar.

Y esperar. 

Sólo así los corazones vuelven a latir. Quizás no al mismo ritmo, pero cada vez que vuelva volverá más tuyo que nunca.

Lo sé, es demasiado trabajo, demasiado tiempo empleado para que vuelva a romperse.

Pero los corazones, el hecho de que vuelvan a romperse, todo ese dolor entre remiendos,  forma parte de lo que somos y lo que creemos merecer; pero sobre todo,  de lo que nos debemos a nosotros mismos.

Que un corazón se parta y se repare es como el amor en sí, como la vida misma,  terriblemente inevitable. 

Quizás no o quizás siempre. La duda es vital.

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Todo un mundo compuesto por incertidumbre. Y es que la única verdad absoluta que concibo es que todo es relativo.

Porque hoy sí y mañana también, lo que ayer era nunca jamás.

Cada momento, cada historia, cúmulos en el tiempo en los que ahora eres y ahora no. Estancias vanales en las que cada minuto cambias y cada segundo arrastras, porque vivimos y morimos a la vez y a veces, ninguna de las dos.

¿Contradicción? ¿Y qué es la vida si no? Queremos seguir y regresar, queremos cambiar con los ojos cerrados, queremos ser queridos, queremor querer, queremos pero sufrimos. Y la respuesta está en no preguntarse por qué. Qué más da, a veces se es y nada más.

Porque somos respuestas sin preguntar, somos sin ser, siéndolo absolutamente TODO. 

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No cedas; no bajes el tono, no trates de hacerlo lógico, no edites tu alma de recuerdos a la moda. Mejor, sigue sin piedad tus obsesiones más intensas.  Franz Kafka. 

Enseñar las alas

Comienza como todo: desde la sencillez. 


Nos cuesta mucho explicar como nos sentimos. Siempre he tenido que disfrazar mis vivencias, convertir en ajenos los consejos, inventar… No iría todo tan cuesta arriba si pudiéramos hablar con total libertad. De ahí surgió el cuento del león, de hablar conmigo, de no poder gritar, de la soledad y de la falsa compresión. 


  • ¿Qué crees que piensan esos leones anclados a la tierra para el resto de sus vidas? ¿Qué crees que piensan cuando ven mis alas?

Cuando las muestras, cuando ven en ti todo ese esplendor, no tienen más remedio que odiar, que sentir que eres lo que nunca podrán conseguir. Llevan toda su vida siendo leones, corriendo como leones, comiendo como leones,  leones normales. Correctos, reprimidos por un instinto establecido, por una jerarquía, por su misma rutina y desgana. De repente llegas tú y revoloteas a su alrededor, sin miedo, sin un por qué, tirando por tierra todo por lo que ellos han luchado. Destrozas su realidad con cada patada al aire, con tus sueños y tus errores.

  • ¿Crees que se quedarán mirando? ¿Crees que no tomarán parte en tu destrucción?

Te obligarán a bajar. Para ellos no eres más que un ser injusto. ¿Por qué tienen que estar presos? ¿Por qué tienen que aparentar ser perfectos? ¿Por qué tienen que reprimir sus impulsos ? ¿Por qué tú estás exento? No querrán responder a éstas preguntas, así que harán que tú las contestes.

No sigues sus normas y sonríes. No eres más que una molestia para sus conciencias. Pero no me arrancaré las alas, míralas, son hermosas. Lanzarán sus garras al cielo pero yo volaré más alto. Rugirán, pero ya no les oiré.

No voy a pedir permiso para volar, no voy a pedir perdón por ser libre.